[Opinión] La resistencia frente al avance del fascismo en América Latina

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“Frente al fascismo que crece y al Estado que conserva su legado, urge la desfragmentación del movimiento social, la profundización y constante politización de las demandas feministas, la reivindicación del antifascismo”.

Por: Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres

El actual contexto político en el mundo y América Latina refleja un creciente avance de las ideas fundamentalistas, conservadoras y derechamente fascistas. De acuerdo a las conceptualizaciones del fascismo clásico, cuyas nefastas consecuencias se vivieron durante los regímenes totalitarios en Europa a mediados del siglo XX y durante las dictaduras latinoamericanas en las décadas de los ‘70 y ‘80, esta ideología se expresa a través de características concretas.

El filósofo italiano Umberto Eco identificó catorce características en su texto “Contra el fascismo”: culto a la tradición, rechazo del pensamiento crítico, miedo a la diferencia, llamamiento a las clases medias frustradas, nacionalismo, xenofobia, principio de guerra permanente, entre otras. Características que no son difíciles de encontrar en los nuevos movimientos políticos de ultraderecha que avanzan en el mundo.

El actual periodo por el que atraviesa la región ha estado marcado por el odio explícito expresado a través de discursos y políticas públicas que exacerban, por ejemplo, el racismo, nacionalismo y vulneración de diversos grupos, sobre todo mujeres, niñas, disidencias sexuales, indígenas, afrodescendientes y activistas.

El presidente estadounidense Donald Trump, el recién electo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro o el político chileno José Antonio Kast –que en 2017 se presentó como candidato presidencial obteniendo un 7,93% del total de los votos– tienen en común un ideario y agenda política peligrosa que no intenta ser suavizada, por el contrario, incita al odio y ocupa como estrategia la conquista de sectores masivos, aprovechándose de la precariedad de la vida alimentada por el capitalismo para hacer promesas de empleo y mayor acceso a bienes. El escenario llama a la preocupación porque además de crear sentidos comunes agresivos, cuentan con amplias tribunas, alianzas y recursos.

Es preciso advertir que la masificación de esta ideología y su legitimación institucional -en el Estado, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil- ocurre con mucha facilidad porque encuentra eco en la institucionalidad misma. Un claro ejemplo de ello se encuentra en los discursos negacionistas, que relativizan, niegan e incluso justifican las violaciones a los derechos humanos perpetradas por el Estado durante la dictadura cívico militar, acompañada de la liberación de genocidas presos en Punta Peuco por parte del Poder Judicial.

El Estado de Chile durante 45 años ha heredado y perfeccionado el legado del fascismo –cuyos crímenes mayoritariamente permanecen en la impunidad– a través de la perpetración de un modelo político, económico, social y cultural que beneficia a una minoría a costa de las miserias de la mayoría.

La violencia estructural tiene un correlato material en los cuerpos y territorios elegidos para ser sacrificados. La crisis socioambiental de las comunas de la V región durante el primer semestre de este año logró visibilizar nuevamente la crudeza con que actúa el extractivismo y las consecuencias especialmente violentas contra niñas y mujeres. La reciente criminalización a las y los estudiantes que esconde el proyecto del gobierno “Aula Segura”, la militarización descarnada de la Araucanía, el racismo institucional desplegado contra la migración negra y los intentos de deslegitimar y cooptar al mismo tiempo el movimiento feminista que estalló durante el primer semestre de este año, son claras manifestaciones de violencia institucional y violaciones a los derechos humanos en democracia.

Frente al fascismo que crece y al Estado que conserva su legado, urge la desfragmentación del movimiento social, la profundización y constante politización de las demandas feministas, la reivindicación del antifascismo. No podemos permitirnos que destruyan el tejido social. No podemos permitir que tomen nuestra ideología y convicciones para vaciarlas de contenido y venderlas al retail. No podemos quedarnos escuchando discursos de odio y presenciando prácticas y estrategias deshumanizadas que atentan contra cuerpos, pueblos y territorios. Cuando existen enemigos fácilmente identificables la resistencia no solo se vuelve imprescindible, también se vuelve poderosa: se levantan puentes donde antes no necesariamente los había, se construyen alianzas, se potencian los consensos y el descontento y la rabia se vuelve acción. Hoy el feminismo se extiende por toda la región. Nosotras no necesitamos banderas ni tratados para solidarizar y ofrecer una resistencia que denuncie, que defienda, que proponga y que sueñe. No estamos solas, hoy somos más.

UNIDAS CONTRA LA MISOGINIA Y EL RACISMO

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