Cuando combatir la violencia hacia la mujer en realidad la normaliza


El lenguaje e imágenes de las campañas “Maricón” y “Empelota”, además, contribuyen a minimizar la violencia hacia las mujeres. Maltratarnos en las campañas “Maricón” no sólo no se califica como un abuso, un delito, una inmoralidad, sino como una simple “mariconada”, según la propia defensa de la Ministra Schdmit, una ofensa, una traición.
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Por Silvana del Valle. Abogada.
4 de octubre de 2013 (Red Chilena contra la violencia hacia las mujeres).- La última campaña del Sernam contra la violencia hacia la mujer denominada “La Violencia Me Empelota” representa la cúspide de fallas que han promovido desde el organismo público en los últimos años. Fallas que nos confrontan a algo más que un problema de ignorancia supina en temáticas de género o incluso de falta de sentido común, sino al subyacente machismo de una institución liderada en los últimos años por dos destacadas ingenieras.

Son estas fallas tantas que es difícil resumirlas o analizarlas todas. Pero dentro de las que más llaman la atención tenemos la utilización de un lenguaje patriarcal, la vaguedad con que se condena el abuso y la invisibilización de las víctimas. En definitiva la negación de la gravedad de la violencia intrafamiliar y del hecho de que ésta es fruto de la violencia machista.

Ya en las campañas “Maricón es el que le pega a una Mujer” y “Maricón 2.0” el Sernam empezó a obviar la construcción de realidad del lenguaje patriarcal. Sernam utilizó y defendió el uso del concepto “maricón” y su equiparación a “maltratador” sin siquiera cuestionarse su origen: el insulto al hombre que actúa como una “María”, es decir, como mujer. Tampoco consideró el posterior sentido identitario que algunos homosexuales le han otorgado. Lo mismo sucede hoy con la campaña “Me Empelota”. El término es usado comúnmente para implicar rabia o enojo, un enojo que nace de las “pelotas”, de los testículos, un enojo que sólo pueden sentir entonces los hombres. Si bien es cierto, la nueva Ministra Seguel podrá decir, como hizo la anterior ministra, que esta palabra es un chilenismo de uso común, resulta a lo menos cuestionable que el Servicio Nacional de la Mujer no repare en el origen de los términos que utiliza.

El lenguaje e imágenes de las campañas “Maricón” y “Empelota”, además, contribuyen a minimizar la violencia hacia las mujeres. Maltratarnos en las campañas “Maricón” no sólo no se califica como un abuso, un delito, una inmoralidad, sino como una simple “mariconada”, según la propia defensa de la Ministra Schdmit, una ofensa, una traición. Curioso resulta que en esta sensibilidad con el chilenismo no se haya considerado que en éste cualquier ofensa menor es también calificada como “mariconada”. Y hoy nuevamente esto sucede con la utilización del concepto “empelotarse”. En los nuevos spots y afiches, empelotarse, en un juego de palabras, pasa a implicar “estar en pelotas”. Más allá de ser éste un concepto que alude a la desnudez masculina (sin ropa, con los testículos al aire) otra vez bajamos la gravedad a la violencia. Empelotarse ya no significa reaccionar con rabia, con enojo, sino que simplemente desnudarse. Todo en un contexto donde no se muestra ninguna de las consecuencias físicas ni psicológicas que sufren las víctimas, en su gran mayoría mujeres, y sus hijos. Sólo vemos cuerpos esbeltos, sin heridas, de rostros televisivos. Cuerpos inmaculados, por lo demás sin pechos, vaginas ni penes.

Mal que mal así el desnudo es más “bonito”. Y qué mejor que este “desnudo” lo realicen personajes de farándula. Al igual que en las campañas “Maricón”, “Empelotados” utiliza figuras que distan mucho de ser víctimas, ni siquiera victimarios. La figura central suele ser el hombre, solo o en posición de protección de la mujer, atlético, libre de violencia. Las víctimas no tienen cuerpo ni voz. Es más, en las escasas ocasiones en que “Maricón” dio lugar a las víctimas, los spots no fueron publicitados al nivel de aquellos que mostraban futbolistas o entrevistadores. Lo mismo seguro ocurrirá con “Empelotados 2.0” si es que alcanza el mandato al Sernam para ejecutar una segunda parte. Esta invisibilización resulta aún peor cuando constatamos que muchos de los “rostros” de las campañas son figuras que han participado en programas de abierto contenido sexista, donde las mujeres, e incluso algunos hombres, son sólo un objeto sexual. O donde la violencia es utilizada para mostrar la venganza en lugar de la justicia como finalidad de la víctima, y en la que se ha hablado de o incluso mostrado agresiones sin condenarlas o sin detenerlas.

Esta campaña nos llama a reflexionar, a preguntarnos cómo nuestro Sernam aborda el gravísimo problema de la violencia hacia las mujeres en Chile. Campañas que mediante el uso de un lenguaje patriarcal, la relativización del problema, y la invisivilización de las víctimas, en definitiva no hacen sino normalizar la violencia. Pues rehúyen el hecho de que la violencia doméstica se enmarca en un contexto aún mayor de violencia institucional y simbólica dirigida en particular hacia las mujeres. Donde el desnudo y el amor en lugar de utilizarse como medios para promover la liberación de nuestros cuerpos y emociones, simplemente se reducen a contribuir a confundir las características de la violencia doméstica, como bien Catherinne McKinnon nos advirtió. Una confusión donde olvidamos que la violencia hacia la mujer tiene un marcado componente sexual, y llegamos a pensar que quizá es violencia pura, totalmente separada del amor-romance-sexualidad, como cualquier otra violencia (como si la violencia de cualquier tipo realmente fuese neutral). Una confusión donde al tiempo que no condenamos fehacientemente a los victimarios, y callamos ante el ataque publicitario continuo en que nuestros niños son socializados para victimizar y nuestras niñas para ser víctimas, culpabilizamos a las mujeres por no denunciar al agresor.